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El hombre feliz

El hombre feliz Momentos duros recientes, una noche extraña. Juré no pisar de nuevo el Fòrum pero allí estoy. Me han prometido que no me arrepentiré, y pienso que más me vale sobretodo cuando finalmente tengo que pagar por ello.
La noche tiene un aire surreal, en ese submundo de cemento, con sus luces y montajes de cartón piedra. Espero, sentada con mi cerveza, entre la gente. Y aparece él, con su guitarra y su inseparable compañero de la batería. Se marca unos bailes, adelante atrás, la sonrisa de bobalicón, las cejas hacia abajo en un gesto entre tierno y inocente, y empieza su repertorio: inglés, castellano, francés, italiano, Jonathan Richman lo mezcla todo y de todas las mezclas sale poesía. Una sonrisa surge sin querer y acabo estallando en carcajadas, la risa fácil de los que están tristes. Me siento arropada bajo unas estrellas que no veo, sólo siento, aunque suene extraño.
A mi lado Sergi hace palmas y canturrea feliz, al otro siento como Gemma me mira contínuamente, pendiente de cómo estoy. La miro y también lo veo en ella: estamos hechizados por este niño grande, en una burbuja musical que desearíamos no se desvaneciera nunca. Dentro de un cuadro de Chagall, entre azules y estrellas, con la melancolía que se siente al reencontrar la inocencia de un sueño.
Acaba el concierto y nadie quiere volver al mundo real, queremos permanecer en la burbuja con Mr Richman. Pienso que quisiera llevármelo, hacerlo pequeñito para hacerle cantar para mí cuando quisiera, para regalarme momentos tan frágiles, tan bellos como los que me dio esa noche.
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